Las mamás también necesitan un espacio para existir:

El diseño como acto de resistencia (y mi propia batalla)

Escribo esto mientras intento ignorar las migajas de galleta que crujen bajo mis pies cada vez que muevo la silla. Mi bebé de 10 meses acaba de dormirse (después de tres intentos fallidos) y yo, con un segundo embarazo que me tiene agotada y las náuseas recordándome que sigo siendo humana, trato de encontrar un lugar donde ser.

Como diseñadora de interiores, mi trabajo es crear hogares perfectos. Lugares donde la luz cae de forma poética sobre el sofá y la funcionalidad es la reina. Pero hoy, honestamente, mi realidad es otra. Mi «oficina» es mi esquina de la cama, rodeada de biberones y juguetes que hacen ruido. Y aunque amo mi casa, me doy cuenta de algo aterrador: estoy desapareciendo dentro de ella.

El fenómeno de la «Mamá Invisible» en el plano arquitectónico

Culturalmente, en México, crecemos con la idea de que la madre es el pilar que sostiene todo. Y en el diseño, eso se traduce en que la madre está en todos lados y en ninguno a la vez.

Si analizamos una casa típica millennial, nos esforzamos por tener:

  • El cuarto de juegos más instagrameable: Con maderas claras y organización Montessori.
  • La recámara del bebé: Con ese papel tapiz de nubes que tanto buscamos.
  • La cocina abierta: Para no perdernos de nada mientras cocinamos.

¿Y nosotras? ¿Dónde queda nuestro espacio? No hablo del clóset donde te escondes a llorar o a comer un chocolate en paz. Hablo de un lugar que diga tu nombre. Muchas mujeres hoy habitamos nuestras casas como fantasmas: somos las facilitadoras de la vida de todos los demás, pero no tenemos un rincón donde nuestra identidad no esté condicionada por el servicio.

Diseño Emocional: No es decoración, es salud mental

Como diseñadora, me obsesiona el Diseño Emocional. Se trata de cómo el entorno físico afecta nuestro sistema nervioso. Y seamos honestas: una casa que solo te pide tareas (limpiar, recoger, cuidar) es una casa que te drena.

Estando embarazada de nuevo y con una bebé pequeña, mi sistema nervioso está al límite. Necesito espacios que sostengan. Un espacio que sostiene es aquel que te permite regularte emocionalmente. Para mí, hoy, ese espacio es un pequeño banco de plástico en el jardín frente a las plantas donde puedo pensar a profundidad mientras riego en las mañanas. No tiene juguetes, no tiene migajas. Es mi rincón.

Por qué necesitamos un «Rincón Sagrado» (aunque sea de 1×1 metro)

Sé que me vas a decir: «No tengo espacio, mi casa es pequeña». Yo te digo: la identidad femenina no puede estar sujeta a los metros cuadrados. El diseño es intención y no solo presupuesto.

Tener un espacio propio es un recordatorio visual de que tus necesidades importan. Es una frontera física que dice: «Aquí existo yo».

  1. Delimita con intención: No necesitas una habitación extra. Usa una alfombra, una planta alta o incluso un cambio de color en la pared para separar ese rincón del resto del caos.
  2. Estimula tus sentidos: Que sea un lugar que huela a lo que tú quieres (esa vela cara que guardas para «ocasiones especiales»), con una textura que te dé paz (un cojín de terciopelo, una manta de algodón orgánico).
  3. Territorio recuperado: Regla de oro absoluta. En este rincón no entran dinosaurios de plástico, ni chupones, ni laptops del trabajo. Es tu oasis de paz.

La casa como espejo de la identidad

A nuestra generación nos vendieron que podíamos «tenerlo todo», pero se les olvidó decirnos que en el proceso de construir una familia, es muy fácil perderse. Tu casa debe ser el espejo de quién eres hoy, no solo la infraestructura que permite que los demás brillen.

Si te sientes abrumada, si sientes que las paredes se te vienen encima, quizás no es que te falte organización o que seas «mala madre». Es que te falta espacio para existir.

Diseñar un lugar para ti no es egoísmo; es infraestructura emocional. Porque una mamá que tiene un lugar donde recargarse, es una mujer que puede sostener mejor al mundo.

Y tú, que me lees mientras quizás también limpias migajas o buscas un segundo de silencio… ¿en qué parte de tu casa te sientes realmente tú? Si no encuentras ese lugar, es hora de que lo reclamemos juntas. Déjame tus dudas en los comentarios, vamos a rediseñar nuestra existencia, un rincón a la vez.

Diseñar mientras cuidas a un bebé cambia el ritmo de todo

Antes pensaba que el ritmo era algo que se ajustaba con organización. Horarios, listas, prioridades. Hoy sé que el ritmo también se impone, y cuando hay un bebé de por medio, no se negocia tanto como se aprende a escucharlo.

Diseñar mientras cuidas a un bebé no te vuelve más lenta ni menos profesional. Te vuelve más consciente del tiempo real. Del que existe de verdad, no del que uno se imagina cuando hace planes ideales. Hay días en los que el trabajo fluye y otros en los que simplemente no. No porque falte compromiso, sino porque la energía no se reparte igual.

El ritmo cambia porque las pausas cambian. Ya no son pausas largas ni predecibles. Son cortes pequeños, intermitentes, a veces caóticos. Diseñar en ese contexto te obliga a simplificar. No el resultado, sino el camino. Empiezas a tomar decisiones más claras, más directas, con menos vueltas mentales. No porque no puedas pensar más, sino porque no quieres gastar energía donde no hace falta.

También cambia la relación con el tiempo. Antes una jornada larga parecía normal. Hoy una jornada larga se siente costosa. No imposible, pero costosa. Y eso te hace valorar distinto qué sí merece tu atención completa y qué puede esperar. Hay decisiones que se vuelven evidentes solo cuando el tiempo deja de ser abundante.

Diseñar con un bebé cerca te hace más selectiva. Con los proyectos, con los procesos, con las complicaciones innecesarias. Hay menos paciencia para complicar espacios solo porque se ven interesantes. Empiezas a pensar más en lo funcional, en lo que se limpia fácil, en lo que se mantiene, en lo que no exige tanta atención extra. No por falta de sensibilidad estética, sino por respeto a la vida que sucede alrededor.

La energía ya no se administra como antes. Hay horas muy buenas y otras en las que simplemente no hay nada que exprimir. Aprendes a trabajar con eso, no contra eso. A usar los momentos de claridad para avanzar de verdad, y los momentos lentos para tareas más suaves. El diseño también se adapta a ese pulso.

Hay algo que nadie dice mucho: cuidar a un bebé mientras trabajas no te desconecta de tu profesión, te conecta distinto. Te baja de la exigencia constante de producir y te acerca a observar. Y observar siempre ha sido parte fundamental del diseño. Observar cómo se mueve la gente, cómo se usan los espacios, qué estorba, qué ayuda, qué sobra.

Hoy me interesa menos diseñar espacios que impresionen y más diseñar espacios que acompañen. Que no exijan atención constante. Que no se vuelvan otra tarea más en una lista ya larga. Espacios que funcionen incluso cuando no todo está perfecto.

Diseñar mientras cuidas a un bebé no es una historia inspiracional ni una lección de productividad. Es simplemente otra forma de habitar el trabajo. Más real, más ajustada al cuerpo, más honesta con los límites. Y curiosamente, desde ahí, el diseño se siente más claro.